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Una tarde muy extraña
Hacía cierto calor aquella tarde de un verano ya lejano en el tiempo, aunque no en mi corazón. Yo tenía, creo recordar, veinte y pocos años y me encontraba de vacaciones con un grupo de amigos y amigas, en un apartamento, en una zona de playas. Ya no tengo claros los motivos, pero el hecho es que, aquella tarde precisamente, me encontraba solo, sentado en el borde de la cama, mirando el brillo del azul de cielo y los dibujos que las nubes rasgaban en él. Todos se habían ido, por diversos motivos. El hecho era que hasta la noche no volveríamos a estar todos juntos. Así pues, tenía por delante varias horas de hastío y pensamientos vacíos. Bueno, no vacíos del todo. Aquellos días, con mis amigas tan cerca, había podido disfrutar de la magnífica realidad de verlas a menudo en bikini y eso me había puesto muy excitado. No eran bellezas de cine, por supuesto, no eran ni mucho menos perfectas, pero a mí me atraían, algunas más que otras. La verdad era que me estaban poniendo muy caliente y, dado que no podía dar rienda suelta a mi líbido, estaba como un tapón a punto de saltar de la botella de champán. Necesitaba masturbarme, necesitaba dar salida a mi fuego interior y aquella era la ocasión propicia, pues estaba solo y lo estaría durante varias horas. No tardé mucho en decidirme. Aprovechando el calorcito que hacía, me despojé de mi pantalón corto, de mi camiseta, de mis sandalias…Vistiendo tan solo unos ceñidos slips, me miré al espejo y noté lo abultado de mi paquete, no porque tuviera un pene de dimensiones colosales, sino porque estaba cachondo, y la polla se me estaba poniendo dura. Muy dura. Dudé un poco delante del espejo, aunque ya me había decidido. No estaba en mi casa, alguien podría venir, verme en una situación tan comprometida…Pero deseché los pensamientos ominosos. Mis amigos no volverían antes de la noche, de eso creía estar seguro. Así pues, me agarré los slips y tiré de ellos hacia abajo, dejándomelos primero a la altura de las rodillas. Me miré la verga, endurecida, saltando fuera de su prisión como un animal enjaulado que recupera de pronto la libertad. Sentí el delicioso placer de notar el aire en torno a mi polla, el maravilloso y sensual placer de sentirme desnudo. Pero aún no lo estaba. Seguí bajándome los slips y al poco los dejé en el suelo, a mis pies. Ahora sí que estaba desnudo, desnudo del todo. Me volví hacia la ventana. Dejé que el sol me llenara, que sus rayos acariciaran mi cuerpo, y sobre todo, mi polla temblorosa y ansiosa. Fue maravilloso. Todavía recuerdo la sensación de total libertad, de sensualidad, de morbosidad incluso, pues estaba atreviéndome a algo peligroso, allí, en un apartamento extraño, fuera de casa. Al desnudarme cruzaba una línea. Si alguien venía y me descubría, no tendría excusa alguna. Pero me dio igual. Me dirigí hacia la cama. Y confortablemente desnudo me tumbé en ella boca arriba, separé un poco las piernas y me acaricié la polla con una mano. -Mmmmhhh- gemí. Sé que gemí mientras me aferraba la verga con mi propia mano y sentía la dureza, el temblor y la sedosidad de la misma. Me relajé todo lo que pude y, sin pensar en nada, empecé a masturbarme, meneando la mano hacia arriba y hacia abajo, estrujandome la polla, apretando aún más cuándo alcanzaba el enrojecido y jugoso glande. Era delicioso. Notaba como se me ponía más dura por momentos, sentía un intenso placer y unas ganas terribles de correrme. Pero todavía no era el momento, así que continué machacándomela a fondo. De cuándo en cuándo paraba y me dedicaba a acariciarme los testículos, que estaban bastante hinchados y en su punto. Mi mano iba cada vez más rápido, más rápido…si seguía así, me correría en poco tiempo. Miré hacia mi duro miembro: estaba grande, grueso, mojado en la punta rojiza, con las vena marcadas. Me pareció perfecto, maravilloso, había logrado una gran erección y había llegado el momento de correrme, de disfrutar del orgasmo tanto tiempo deseado. Estaba caliente, estaba desnudo y cachondo y sólo pensaba en correrme y en nada más que en correrme. La mano con la que me maturbaba estaba mojada con los jugos que mi nabo empezaba a descargar. Estaba en la gloria. Y entonces… Entonces, alguien entró en la habitación. No había tenido la precaución de dejar la puerta cerrada, confiaba demasiado en que nadie vendría, pero no fue asi. Sentí que me petrificaba la vergüenza. Ante mí estaba uno de mis amigos, llamémosle Antonio, aunque ha pasado tanto tiempo que igual daría dar su verdadero nombre. Antonio me miraba con una media sonrisa que no supe interpretar al principio. Solo llevaba encima un pantalón corto de playa, como el que yo me había quitado, y me miraba la verga. Sobre todo, supe que me miraba la verga. Yo no sabía que hacer. Estaba desnudo, con la polla tiesa. Un amigo me había descubierto mientras me masturbaba. ¿Qué podía hacer? Pasaron los segundos y empecé a notar que aquella extraña situación me ponía caliente, muy caliente. La erección de mi polla no disminuía y Antonio no decía ni hacía nada. Me incorporé un poco en la cama, sin taparme la polla con las manos, como se me ocurrió vagamente. Yo estaba más excitado que antes, no podía evitarlo. Antonio, entonces, también sin decir nada, se bajó los pantalones y se los quitó. Me quedé anonadado, por el hecho en sí, y porque debajo de los pantalones no llevaba nada. Ahora estaba él también totalmente desnudo frente a mí. Contemplé su polla, más grande y más gruesa que la mía, una polla de buen tamaño, una polla endurecida, en semierección. Eso me hizo pensar que quizá llevara tiempo espiándome, que me había visto desde el principio, que se había tocado la polla mientras me miraba, mientras contemplaba como yo me pajeaba, lo cual me puso aún mas cachondo, para mi pesar. Pensé , entonces, que tenía que actuar, que tenía que irme de allí, o por lo menos, taparme la verga. Pero no hice nada de eso. Me quedé allí, inmóvil, mientras mi polla temblaba y se ponía más dura. Antonio se sentó a mi lado. Yo no sabía ni dónde mirar. Mi amigo, entonces, alargó una de sus manos, me tocó la polla y empezó a acariciármela, con infinita suavidad. Yo gemí. Emití un dulce gemido de placer, separando despacio los labios y mostrando la lengua, mientras entrecerraba los ojos. Eso lo recuerdo muy, muy bien, porque sé que a continuación, él me besó. Me besó en la boca. No fue un beso muy largo. Sentí sus labios posándose en los míos, sentí su lengua penetrando en mi boca. Luego, su lengua se enroscó en la mía y yo pude notar, sin mirar hacia abajo, que mi polla se ponía más dura que una piedra. Al fin, su boca se separó de la mía. Antonio ya no me estaba acariciando la polla; ahora, su mano formaba un cilindro hueco y dentro del mismo se encontraba prisionera mi verga. Su mano empezó a subir y a bajar, despacio primero y después más deprisa, presionando ligeramente a lo largo de todo el recorrido. Me estaba pajeando. Otro hombre me estaba haciendo una paja. Yo estaba desnudo y otro hombre desnudo me estaba tocando la polla. Era increíble. Pero cierto. Sabía que tenía que poner fín a aquello, que no estaba bien. Pero no podía. Sencillamente, estaba demasiado excitado. -Aaaahhh- gemí yo, mirando a los ojos a Antonio. Él sostuvo mi mirada y , un segundo después, dejó de manosear mi pene. Me quedé muy quieto. Mi polla estaba tan dura que pensaba que iba a estallar. Antonio se inclinó hacia abajo y abrió la boca, mirándome. Yo temblé de placer y miré hacia el techo. Sus labios se cerraron en torno a mi polla. Ese simple y primer contacto hizo que yo gimiera de nuevo, entreabriendo la boca despacio y sacando un poco la lengua. - Aaaahhhhhh…mmmmhhhh- Antonio engulló mi polla. Se la metió dentro de la boca y empezó a chuparla. Yo sentía su lengua enroscada en torno a mi verga, la sentía lamer arriba y abajo, y también notaba su saliva, mojándome el pene en su totalidad. Nunca había sentido tanto placer. Nunca. Mi polla temblaba, la notaba dura, tiesa y mojada. Antonio no se limitó a lamer. Succionó, chupó a fondo mi verga, haciéndome una mamada increíble. Tan increíble, que a los pocos minutos supe que iba a correrme. No podía resistirlo más. Necesitaba correrme. Pero Antonio también lo sabía. Así que separó su boca de mi dura y tiesa polla y dejó de hacerme aquella maravillosa mamada. Esperó unos minutos. Mi tensión acumulada disminuyó algo y pude contenerme. Antonio sonrió y bajó de la cama, poniéndose en pie frente a mí. Contemplé su gran polla, dura y tiesa. Antonio retrocedió algo más. Esperaba algo y yo sabía el qué. Bajé de la cama. Me puse a cuatro patas y me arrastré un par de pasos hacia él. Lo miré desde mi posición perruna. El me miró y volvió a sonreirme, como invitándome. Yo sabía que me estaba humillando, poniéndome a cuatro patas frente a Antonio, que en definitiva, nada me había pedido. Pero aquella postura me excitaba. Así pues, desnudo, a cuatro patas y cachondo, tomé entre mis labios la verga dura y gruesa de mi amigo y me la metí en la boca. -Mmmmmhhh- gemí, mirando a los ojos a mi amigo. Nunca había chupado una polla antes, y su olor, su textura y su sabor, atacaron mis sentidos, narcotizándome, hipnotizándome. Era una verga grande, dura y gruesa. Empecé a lamerla en toda su superficie y noté enseguida su atractiva dureza, el grosor de sus venas hinchadas, el calor que desprendía. Me la pasé a un lado y a otro de la boca un par de veces y luego, empecé a chuparla, como si se tratara de un caramelo sabroso. Y en realidad, tenía sabor, un sabor acre, salado, que se confundía con su olor poderoso. Chupé. Chupé y chupé durante no sé cuanto tiempo. -Aaahhh…ahhh…ahhhmmmmhhh- gimió Antonio, excitado, con la verga tan dura que pensaba a cada momento que iba a correrse dentro de mi boca. Pero no fue así. Aguantó bastante. Yo chupaba sin parar su polla grande y dura y él gemía de placer. Al fin, cuándo pensaba que se iba a correr sin remedio, porque los jugos empezaban ya a llenar mi boca y su polla se meneaba como un gato encerrado, Antonio me empujó ligeramente con la mano hacia atrás y me separó de su verga. Yo me quedé quieto, de rodillas, mirándolo con los ojos muy abiertos y jadeando de placer. Aquella situación era tan obscena, tan morbosa, que no podía resistirme y estaba total y completamente cachondo. Mi polla parecía una lanza de piedra y la de mi amigo, que era más grande y gruesa que la mía, parecía el poderoso mástil de una bandera. Yo esperaba. Y Antonio no tardó. Me indicó con suaves gestos que me pusiese de espaldas a él, de rodillas, con los codos sobre el borde de la cama. Yo supe lo que quería, supe lo que iba a hacerme…y consentí en ello. Hice lo que me sugería con sus gestos, ofreciendo así mi culo desnudo e indefenso a lujuriosa pasión. Puso ambas manos sobre mis nalgas, después de separar un poco más mis piernas y, con suavidad, empezó a penetrarme por el culo. -¡Oooooohhhahhhhhh!- gemí yo, con mayor intensidad que hasta ahora. Sentí como su polla se abría paso con ciertas dificultades a través de mi agujero anal. Me dolió un poco, pero sólo al principio, pues su verga estaba ya muy mojada. Así pues, después de detenerse un segundo, continuó penetrándome y muy pronto tuve dentro de mí casi toda su enorme polla. Yo estaba tan cachondo, estaba tan caliente, que mi polla se me puso tan dura que creí que se me iba a partir de golpe. Antonio empezó a follarme. Primero despacio, luego algo más rápido, su verga comenzó un delicioso mete y saca, un poderoso entrar y salir de mi culo, sin parar, sin descansar, que me volvió medio loco de placer. -¡Aaaaaaahhhhh!- gemía yo, desnudo, arrodillado, con el culo empinado hacia arriba y penetrado por la polla de un amigo, con mi propia polla tiesa y dura como el mármol. -¡Aaaaahhhh!- gemía Antonio, dándome por el culo con fuerza, metiendo y sacando su verga de mi agujero anal una y otra vez. Pronto, sin embargo, todo llegó a su fin. Yo no podía resistirlo más, el placer era tan intenso, tan extraño, tan obsceno, que sabía que el orgasmo no tardaría en llegar. Y así fue. Empecé a correrme, despacio, muy despacio, sintiendo un placer voluptuoso y maravilloso, disfrutando de un orgasmo como nunca había tenido. -Aaaahhhh- gemí yo. Volví la cara hacia Antonio, que continuaba dándome por el culo. Abrí la boca despacio y exhalé un gemido de placer aún más profundo. Luego, entre gemidos de gusto, le dije:- Me corro…me corro…ahhhh. Antonio se dio cuenta de que me estaba corriendo. Hundió por última vez su polla en mi culo y luego la sacó del todo, mientras me instaba, con movimientos de sus manos, a que me pusiera de rodillas, delante de él. Así lo hice, me arrodillé nuevamente frente a él y frente a su polla, temblorosa ya, y supe que se iba a correr. Yo estaba muy cachondo y, sobre todo, seguía corriéndome, en medio de un largo y delicioso orgasmo. De este modo excitado, saqué la lengua y le lamí la polla. Se la lamí despacio y sin prisas, incluso le lamí los hinchados testículos. Cuándo estaba lamiéndole el glande enrojecido y gordo, Antonio se corrió. -¡¡Aaaahhhh…me coorrooo…ahhh!!- exclamó. Y en efecto, se corrió. Se corrió sobre mi cara. Potentes chorros de semen se estrellaron contra mis mejillas, contra mis labios. Mantuve la boca abierta y un par de chorros entraron en ella. En medio de la pasión desatada, tragué el semen de mi amigo sin complejos. Antonio siguió corriéndose a borbotones, hasta dejarme todo lleno y chorreante de semen. Pues no solo me manchó la cara con su esperma, sino que también me inundó el pecho, los hombros, el pelo, mis muslos…Me dejó todo cubierto de semen, y yo mientras tanto seguía corriéndome, mojando el suelo con mi semen, derramándome sin compostura alguna, gimiendo de placer. Antonio terminó de correrse y , casi a la vez, yo también. Ambos, cansados y extrañamente felices, nos sentamos en el borde de la cama. Sin hablar, allí solos, desnudos y mojados, y yo, por mi parte, cubierto de semen. No sé, no recuerdo cuanto tiempo pasó. Solo sé que, en un momento dado, y cuándo ya la noche se avecinaba sin remedio, Antonio me cogió la polla con una mano ,me la manoseó durante algunos minutos y luego, tras besarme fugazmente en la boca, se levantó y se fue, recogiendo antes sus pantalones cortos. Era lo mejor. El resto de los amigos estaban al llegar y debíamos separarnos. Yo permanecí algún tiempo dónde estaba, aturdido por lo que había pasado, por lo que había hecho. Mi excitación descendía a pasos agigantados y el frío comenzaba a hacer estragos, pues el Sol ya se había ocultado. Sin prisas, me dirigí al baño, a lavarme y a vestirme. Debía prepararme, no solo físicamente, sino también mentalmente, para hacer frente a mis amigos y hablar con ellos – y con Antonio- como si nada hubiese sucedido. Pero yo sabía que sería difícil, que difícilmente olvidaría aquella extraña y voluptuosa tarde de sexo, de sexo con otro hombre. Desnudo, con una rara sensación de satisfacción, empecé a ducharme. |
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